"Purulhá no es lejos"
- Kevin Escobar Villeda
- 28 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: hace 6 días
Era el mes de diciembre, cuando los días se hacen cortos, cuando se espera con ansias las festividades, el fin del año nos encontró en los caminos.
El Rancho, en El Progreso es un punto donde a diario miles de personas circulan entre la Ruta del Atlántico y la ruta hacia las Verapaces, en cualquier época del año el calor es abrasador.
Eran quizá las tres de la tarde o cuatro, acabamos de almorzar y preparábamos el viaje para la última jornada del día con destino a Cobán, Alta Verapaz.
Salieron de entre los parqueos dos pequeñas figuras, eran dos niños, usaban ropa un poco gastada, unas mochilas, eran secos (como se le dice comúnmente a los delgados en varias partes de Guatemala) llevaban unas cajitas de lustre de zapatos, su herramienta de trabajo.
Los niños ofrecían con una costumbre aprendida a la fuerza de días iguales insistían diciendo:
—¡Lustre jefe!
No llevábamos zapatos para lustrar, aún así los niños se quedaron a la expectativa.
Acto seguido, preguntaron hacia donde íbamos. Les dijimos que a Cobán. Al escuchar eso, algo cambió en sus miradas. Fue entonces cuando pidieron un favor, dicho sin suplicar, como quien enuncia una posibilidad remota: si les podíamos dar jalón a Purulhá, Baja Verapaz.
—¡Purulhá no es lejos! —Exclamó el mayor.
Dudamos, el miedo moderno siempre se disfraza de prudencia, pero finalmente accedimos. Los niños entusiasmados se subieron al vehículo, éramos 6 contándolos a ellos.
El vehículo avanzó dejando atrás el calor de El Rancho, el paisaje comenzaba a transformarse, el aire se volvía mas fresco. Todo transcurría normal, nos iban describiendo cada cosa del camino, nos dijeron sus nombres: Miguel y José, tendrían unos 9 y 7 años.
Miguel y José empezaron a hablar.
Salían todos los días de su aldea situada en Purulhá, Baja Verapaz hasta El Progreso para trabajar. No iban ya a la escuela. Su papá se fue primero a Estados Unidos, al tiempo se fue la mamá a buscarlo, lo encontró. —Se olvidaron de nosotros —dijo Miguel, sin reproche, como quien describe algo de forma natural. Ambos vivían con los abuelos, ayudaban en las tareas de la casa: acarrear agua, sembrar la milpa, salir a trabajar, los pocos quetzales del lustre les ayudaban con algo para la abuela. El riesgo era parte de lo cotidiano.
Hablaban el q’eqchi’ y el poqomchi’, nos enseñaron un par de palabras en sus idiomas maternos. Miguel miraba la ventana, José enrollaba la cuerda de su zapato. Les preguntamos que querían hacer cuando crecieran, una pregunta que se hace con naturalidad a cualquier niño. La respuesta llegó sin titubeos: —Nos vamos a ir en unos años a Estados Unidos, los dos, mi hermanito y yo—.
Apareció el silencio, ese pesado que no es falta de palabras sino exceso de realidad. Cuando un niño no imagina otro futuro posible, no es que haya perdido la capacidad de soñar; es que el mundo ya le cerró muchas puertas.
La noche avanzaba ya, el frío de la cumbre se hacía sentir, la niebla apareció, nos aproximamos a Purulhá, Miguel señaló su parada, alistaron sus cosas, se despidieron, agradecieron el viaje y se bajaron. Antes de cerrar la puerta José sonrió.
Tomaron un camino de tierra a un costado de la carretera, no había luces, solo la neblina espesa. Los vimos avanzar unos metros hasta que desaparecieron en la oscuridad.
Seguimos el viaje.
En Guatemala, la historia de Miguel y José se repite todos los días y de muchas formas. Quizá hoy ya estén en Estados Unidos, si finalmente se aventuraron en el viaje y si pudieron cruzar en medio de tantos peligros, quizá cambiaron de opinión y decidieron quedarse un tiempo más.
La historia de Miguel y José no es una excepción: es el síntoma de una estructura que falla de manera sistemática. Cuando la educación no llega, cuando la salud es un privilegio, cuando la alimentación es incierta y el afecto familiar se fragmenta por la migración forzada, la infancia deja de ser una etapa protegida y se convierte en un tránsito prematuro hacia la sobrevivencia. En ese vacío, el país empuja a sus niños a soñar con irse, no por ambición, sino por ausencia de opciones.
No se van porque quieran; se van porque quedarse duele. Entender que garantizar derechos no es un ideal abstracto, sino la condición mínima para que la infancia no tenga que perderse, una noche más, en la neblina del camino.
¿En que momento normalizamos que la infancia tenga que elegir entre trabajar, migrar o desaparecer del camino, en lugar de aprender, jugar y ser protegida?

Niño disfruta un helado. Fotografía: Derlene Escobar (2025)
Miguel es un nombre de origen hebreo que significa "¿Quién como Dios?"
José es un nombre de origen hebreo que significa "Dios proveerá".


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