Mat’o
- Kevin Escobar Villeda
- hace 6 días
- 14 Min. de lectura
Puedo contar muchas partes de esta historia, ahora quiero compartir estas.
Es mediodía y el cielo está limpio, no hay nubes, abierto como una página extendida. La luz del sol cae sobre las montañas que rodean el poblado de San Gaspar Chajul, uno de los municipios de las tierras altas del norte de Quiché.
Espero a Felipe.
Será mi guía. Es miembro de la cofradía de Chajul. Viste con sobriedad, pero lleva consigo algo que no es visible: una pertenencia. Me saluda por mi nombre. Me pregunta si el camino fue largo. Luego, casi sin transición, le digo:
—Estoy acá para aprender, estoy buscando historias que contar.
Cuando estrechamos la mano por primera vez, sus ojos tienen esa mezcla de hospitalidad y reserva que sólo poseen quienes custodian algo más que tradiciones: custodian historia y memoria. Me dice que está contento de recibir la visita de un estudiante de antropología. Lo dice con una sonrisa leve.
Antes de encontrarlo, mientras camino solo las calles, siento esa sensación inequívoca: aquí uno no pasa desapercibido. No es desconfianza lo que percibo en las miradas, sino una curiosidad limpia.
Es imposible perderse en Chajul, el paisaje observa.
Las mujeres avanzan con sus cortes rojos profundos y carmesí que parecen contener historias tejidas. Los hombres conversan apoyados en muros de adobe. Los niños corren, pero se detienen un segundo para mirarme.
Mientras caminamos, siento que no estoy entrando únicamente a un espacio geográfico, sino a un tiempo. Chajul no es sólo un poblado; es una capa sobre otra capa de historia y estaba a punto de descubrirlo.
Hay algo en el aire —quizá la altura, quizá la historia— que hace que el pensamiento se vuelva más lento y más profundo.
Felipe camina con paso seguro. Yo lo sigo, pero también sigo otra cosa: una intuición. La sensación de que este viaje no será simplemente un recorrido etnográfico. Hay algo que me espera. Algo que no está en los libros, ni en las entrevistas, ni en los archivos. Algo que sólo se revela cuando uno acepta que no viene a estudiar un pueblo, sino a dejar que el pueblo lo estudie a uno.
Y mientras el sol permanece firme sobre nuestras cabezas, ambos llevamos puesto el sombrero de los hombres ixiles que Felipe me ha proporcionado; yo visto la indumentaria ixil.
Mi primera lección para aprender no fue de etnografía. Fue de arquitectura.
Pero no de la académica, no de la que se aprende entre planos y normas técnicas. Mi maestro fue la historia, y mi aula, la calle.
Las casas del pueblo se levantan con muros de adobe gruesos, casi defensivos. Ventanas pequeñas, puertas de madera oscura trabajadas con paciencia. Me detengo frente a una. Felipe sonríe. Sabe lo que estoy mirando.
En la hoja central se dibuja una flor cuadrilobulada. No es un adorno casual. Es una forma contenida, simétrica, con esa geometría que parece sencilla pero que guarda siglos. Felipe me explica que es herencia de los españoles. Yo asiento, pero algo en mi memoria se activa: esa misma forma la he visto dialogando con patrones de antigua iconografía maya. Los símbolos viajan, se adaptan, sobreviven.
Más arriba, en otra puerta, aparece el águila bicéfala.
Le comento a Felipe que esa imagen es insistente en los documentos de la conquista y la colonia; la he visto en el Lienzo de Quauhquechollan, en grabados europeos, en los escudos del monarca Carlos I de España. El poder siempre deja marcas visibles.
Felipe escucha con atención. Luego me dice algo simple:
—Aquí ya estaba la serpiente.
Y tiene razón.
En la iconografía maya abundan los seres sobrenaturales bicéfalos, especialmente serpientes. Entidades que conectan cielo y tierra, lo visible y lo oculto. Lo que para Europa fue símbolo imperial, aquí pudo haber encontrado un eco más antiguo, una estructura simbólica.
Camino y observo con ojos de otro tiempo. En otro tiempo fui arquitecto. A veces lo soy, quizá, en la manera de leer los espacios. Echo mano de mi bagaje: estas viviendas se componen de crujías simples, algunas alargadas, otras más compactas. Felipe me explica que la longitud de la casa indica estatus; entre más extensa la crujía, mayor reconocimiento social. El espacio también habla jerarquías.
El pórtico frontal está cercado por columnas talladas en madera. No son piezas industriales; cada columna es una afirmación. En varias distingo logogramas del calendario Tzolkin, representados sin abstracción, sin traducción, directos. Es el primer caso que veo donde un sistema calendárico ancestral se incrusta así, sin mediación, en un elemento arquitectónico doméstico.
Los capiteles están tallados en una sola pieza. No hay ensamblajes aparentes. Todo parece surgir del mismo tronco, como si la madera aún recordara el árbol.
Pero lo que me deja suspendido es la viga principal que une el pórtico. Una sola pieza de madera que se curva formando una arquería sutil. No es un arco romano, no es un alarde estructural europeo. Es otra cosa.
—Es la serpiente —dice Felipe—. La que surca la tierra.
En algunos casos, en el remate, está tallada la cabeza del reptil. Ojos apenas insinuados. Mandíbula contenida. La viga no sólo sostiene el techo; atraviesa simbólicamente la casa, como un cuerpo que conecta ambos extremos. Es arquitectura y es mito al mismo tiempo.
Me detengo bajo una de estas vigas. Siento que no estoy frente a una simple solución constructiva, sino ante una síntesis de siglos: la flor cuadrilobulada traída por la colonia, el águila imperial reconfigurada, la serpiente ancestral persistiendo.
Felipe me observa, quizá notando que me he quedado demasiado tiempo mirando la viga. Sonríe nuevamente.
—Todavía falta ver —me dice.
El aprendizaje continúa.
Si uno levanta la mirada, descubre que el techo también habla.
En estas casas de adobe que han sobrevivido siglos —no décadas, siglos— la estructura que sostiene los tejados no responde a la lógica moderna del hierro y la fijación metálica. No hay clavos. No hay tornillos. Hay amarres. Ensambles de madera cuidadosamente encajados, tensados con fibras, ajustados por presión y conocimiento acumulado.
Observo las vigas secundarias, las uniones, las diagonales que rigidizan la cubierta. Son soluciones empíricas, pero no improvisadas. La madera no está perforada; está abrazada.
Luego están los caballetes.
Las tejas que coronan el techo —los capotes— llevan detalles en relieve. A simple vista parecen pequeñas gárgolas de arcilla que vigilan desde lo alto. Me acerco. Distingo cruces, figuras que parecen jinetes montando caballos, formas que no logro identificar con claridad. Algunas siluetas me remiten, inevitablemente, a los excéntricos de pedernal que he visto en otras regiones del área maya: esas formas recortadas, simbólicas, que no representan de manera literal sino evocan.
Felipe me explica que esos elementos en los tejados son símbolos de poder y estatus. No cualquiera puede colocar determinadas figuras. No cualquier familia puede exhibir ciertos relieves. El techo, entonces, no sólo protege; declara posición social.
Pienso en cómo, en muchas culturas, el punto más alto de la casa es el más cargado simbólicamente. En Europa medieval, las gárgolas vigilaban catedrales; aquí, pequeñas figuras modeladas en barro custodian viviendas domésticas. Escalas distintas, pero misma intención: marcar presencia, afirmar identidad, proteger.
El jinete montando caballo es un símbolo europeo evidente. La cruz también. Pero al observarlas detenidamente, no siento que sean simples reproducciones de un poder externo. Están reinterpretadas. El trazo es local. La arcilla es local.
Felipe habla de estatus. Yo pienso en jerarquía simbólica. En cómo la arquitectura doméstica se convierte en un texto social visible desde la calle. Quien sabe leerlo, entiende quién habita allí, qué posición ocupa, qué historia carga.
Felipe camina unos pasos delante de mí. No dice mucho. Hay momentos en que sabe que la revelación no necesita introducción. Dobla una esquina, atraviesa un umbral discreto, y entonces sucede.
Ha llegado el momento de conocer los murales de Chajul.
En el interior de una vivienda antigua aparecen, intactas, imágenes pintadas hace más de tres siglos. Finales del siglo XVII. Siglo XVIII. La escena es sobrecogedora. No es un museo. No es una sala curada. Es una casa viva. Y en sus paredes, el tiempo permanece suspendido.
Las figuras emergen del enlucido como si apenas ayer el pincel hubiese abandonado la superficie. Personajes vestidos a la usanza española: capas amplias, sombreros, posturas ceremoniales. Algunos portan instrumentos musicales. Distingo el tun, profundo, ancestral, la chirimía, resonando en fiestas coloniales.
Más allá, danzantes, llevan capas, pero también tocados. Atuendos que evocan pieles de jaguar o de algún felino menor. Plumas que se expanden desde la cabeza como soles fragmentados. Astas de venado que elevan la silueta humana hacia lo animal y lo sagrado. No es teatro europeo puro. No es ritual prehispánico intacto. Es otra cosa.
Es el punto exacto donde dos mundos dejaron de mirarse con distancia y comenzaron a entrelazarse.
El sincretismo aquí no es una palabra académica. Es visible. Es pintura que no intenta ocultar la tensión, sino integrarla. El español no borró al maya. El maya no desapareció ante el español. Ambos quedaron fijados en el muro, coexistiendo en una misma escena.
Me acerco más. Observo los trazos. Hay firmeza. Hay intención narrativa. No son decoraciones aisladas; cuentan algo. Procesiones, danzas, celebraciones. El movimiento está sugerido en las posturas, en la dirección de los instrumentos, en la inclinación de los cuerpos.
Felipe me observa mientras examino cada detalle.
—Aquí está nuestra historia —dice con calma.
Y entiendo que no habla sólo de la colonia. Habla de continuidad.
Si hay algo que refleja de manera abierta el mestizaje y el encuentro de dos mundos completamente distintos, es esto: la naturalidad con que lo europeo y lo maya se funden sin perder del todo su identidad.
Siento que estoy frente a una bisagra del tiempo. Trescientos años atrás, artistas anónimos decidieron fijar en estos muros la nueva realidad que habitaban.
He tenido la oportunidad de pararme frente a obras de Picasso en Madrid, de contemplar los trazos vibrantes de Van Gogh en Ámsterdam, de ver las volumetrías imposibles de Botero en Bogotá, de observar la precisión casi sagrada de Da Vinci en París y de detenerme ante la narrativa mural de Rivera en México.
La expresión del asombro es la misma.
La respiración se vuelve más lenta. Los ojos buscan abarcar lo que no cabe en una sola mirada. Hay una especie de suspensión interna, como si el tiempo aceptara, por un instante, detenerse frente a la obra.
La alegría también es la misma.
El impacto del arte verdadero no depende de la geografía. No depende del prestigio del museo ni del peso del nombre inscrito en la placa. La sensación que genera en el espectador es universal: asombro total.
Y mientras me encontraba frente a los murales de Chajul, sentí exactamente eso.
No estaba en el Prado, ni en el Louvre. Estaba en una casa de adobe en las tierras altas del Quiché. Sin vitrinas. Sin iluminación curada. Sin audioguía. Sólo el muro, la pintura y el silencio.
Pero el asombro era el mismo.
Comprendí entonces algo profundamente revelador: el valor de una obra no lo determina su ubicación en el circuito global del arte, sino su capacidad de conmover, de interpelar, de trascender su tiempo.
Y tal vez ahí radica la verdadera lección de este viaje: el arte, cuando nace del encuentro profundo entre identidad y momento histórico, no necesita validación externa. Se sostiene por sí mismo.
En Chajul, en un muro de adobe, tres siglos me miraron de vuelta.
Una vez más nos encontramos con Felipe. No iremos a casas ni a murales; iremos al cementerio. Cuando se observa con un sentido crítico, el cementerio deja de ser un espacio silencioso para convertirse en un archivo. Un lugar donde se pueden leer las estructuras sociales, las jerarquías, las ausencias.
Pronto noto algo que no había visto con tanta claridad en otros lugares: una diferenciación marcada.
Por un lado, los nichos de las personas mestizas. Estructuras familiares, ordenadas, similares a las que se encuentran en otros cementerios del país. Llevan lápidas con nombres, fechas, inscripciones. Hay una intención de permanencia, de registro, de dejar constancia.
Por otro lado, los espacios destinados a las personas de origen maya ixil. Pequeños nichos. Apenas unos 25 por 25 centímetros. Cavidades discretas donde suele colocarse una veladora. No hay nombres. No hay fechas. No hay relato escrito.
Me detengo frente a ellos.
Felipe me observa, como esperando que encuentre la pregunta correcta. Yo intento ordenar las ideas. No es la primera vez que veo algo así; recuerdo haber percibido una lógica similar en comunidades rurales de Nebaj. Pero aquí es más evidente, más directa.
Dos formas de habitar la muerte.
Pienso entonces en el mundo maya antiguo. En las inscripciones jeroglíficas, donde la muerte no se describe como un final, sino como un tránsito. “Entrada en la cueva”. “Se extinguió su aliento blanco”. Expresiones que no niegan la vida, sino que la desplazan hacia otro estado.
Miro nuevamente los pequeños nichos.
No puedo evitar asociarlos con esa idea antigua: la cueva como umbral. Como lugar de paso. Como entrada a otra dimensión del tiempo. Quizá sea una lectura personal, una proyección de mi mente.
El cementerio de Chajul no solo guarda a sus muertos, guarda también las formas de entender la vida después de ella.
En los cementerios del norte del Quiché, particularmente en el territorio ixil, es común encontrar una pequeña construcción situada, casi siempre, en el centro del camposanto a manera de una casa. A primera vista puede pasar desapercibida, pero su presencia es fundamental. No siempre está abierta, no siempre se puede entrar. Es un espacio resguardado.
Felipe me señala la casa, nos acercamos.
En su interior se encuentra el altar destinado a la práctica de la espiritualidad maya. El de Chajul está compuesto por plataformas superpuestas, Sobre ellas se eleva una cruz de gran tamaño, símbolo cristiano, firme, central.
El altar está rodeado de velas consumidas, restos de cera endurecida, fragmentos de incienso y otros materiales utilizados en la costumbre. Todo parece dispuesto con intención, aunque el paso del tiempo haya dejado su huella.
El ambiente es distinto.
Hay algo inquietante en el lugar, pero no en el sentido del miedo, sino en la profundidad. Como si el espacio obligara a detenerse, a bajar la voz, a observar con más atención.
En las calles de Chajul, todos parecen conocer a Felipe. No importa la esquina ni la distancia: siempre hay alguien que lo saluda. Él responde con la misma naturalidad, con una sonrisa constante, con esa familiaridad que solo tienen quienes pertenecen profundamente a un lugar.
Hay algo en su forma de relacionarse con la gente que no se puede fingir.
Entre las palabras que me enseñó en ixil, hay una que se quedó conmigo: Mat’o. La repetía al despedirse, con una entonación ligera, casi afectiva. No era solo una palabra; era una forma de cerrar el encuentro, de dejar una buena impresión, de mantener el vínculo.
Intenté memorizar otras, pero debo admitir que esa fue la única que logré retener.
Quizá no por su significado exacto, sino por la forma en que Felipe la decía.
Porque más que aprender el idioma, lo que realmente recordé fue la manera en que se dirigía a las personas: con respeto, con cercanía, con una alegría que se vuelve contagiosa.
Los estudios mayas son, sin duda, lo mío. La vida ha sido generosa al permitirme aprender en espacios académicos y de la mano de algunos de los mejores mayistas del mundo. Existe, sin embargo, una paradoja difícil de ignorar: muchas veces hay que viajar al otro lado del mundo para encontrarse con piezas fundamentales de la historia de nuestros territorios. Son los caminos de la vida. Aun así, nada le resta valor a la enseñanza que he recibido aquí. Lo que Felipe me ha compartido —desde su experiencia, desde su vínculo con el lugar— constituye una de las cátedras de campo más valiosas que he tenido.
Chajul es un espacio particularmente revelador para comprender las interacciones entre las sociedades mayas de las tierras altas del norte del Quiché y las tierras bajas. Sabemos que toda la región ixil fue ocupada por poblaciones mayas, y su ubicación geográfica no es casual: se encuentra en un punto estratégico entre el valle que forma el río Negro en Sacapulas y las tierras bajas del Ixcán. Este corredor natural debió haber facilitado dinámicas de intercambio, movilidad e interacción cultural a lo largo del tiempo.
Felipe me habla de diversos sitios arqueológicos dispersos en el territorio, vestigios de antiguos asentamientos que confirman la complejidad histórica de la región. En conjunto, los municipios de Nebaj, Cotzal y Chajul muestran evidencias claras de sociedades mayas desarrolladas. En estos contextos es frecuente encontrar cerámica del llamado estilo Nebaj o Fenton, caracterizada por escenas cortesanas e inscripciones jeroglíficas, algo particularmente notable al encontrarse fuera de las tierras bajas mayas, donde este tipo de tradición es más común.
Un ejemplo destacado es la pieza conocida como K2206, donde se representa una escena de enfrentamiento entre varios personajes. En ella se menciona a un “Señor de Chajul”, constituyendo una de las referencias más antiguas registradas al nombre actual del lugar. Este tipo de evidencia no solo confirma la antigüedad del asentamiento, sino también su relevancia política dentro del mundo maya.
La colección del Museo Ixil complementa esta lectura del pasado. En ella se resguardan numerosos objetos recuperados en la región: urnas, incensarios, platos —incluidos trípodes—, vasos, herramientas de piedra, manoplas, piezas de obsidiana, collares y cuentas de jade. Muchos de estos materiales corresponden al periodo Clásico, lo que refuerza la idea de una ocupación prolongada y de una vida social compleja en el territorio.
Todo parece indicar que Chajul no es solo un pueblo de la actualidad, sino un espacio donde múltiples capas de historia permanecen activas.
Pocos lugares en Guatemala condensan, de manera tan visible, las múltiples capas de su historia como Chajul. En este territorio parecen convivir, casi sin separación, las primeras ocupaciones humanas, el desarrollo de las sociedades mayas en distintos periodos, la irrupción europea, la conquista, la colonia y los episodios más recientes que marcaron profundamente la vida del pueblo. La sensación es particular: como si el tiempo no avanzara en línea recta, sino que se acumulara, permitiendo que todas esas etapas puedan leerse en un mismo espacio.
Pero hay una capa que pesa más que las demás.
Lo que viene no es solo historia.
Chajul fue uno de los escenarios donde la violencia estatal durante el conflicto armado interno se desplegó con mayor intensidad contra la población civil, en una clara intención de exterminio dirigida contra el pueblo ixil. Durante años, mi acercamiento a este tema había sido a través de libros. Una comprensión distante, académica. Pero estar aquí es otra cosa.
Felipe me llevó a verlo desde adentro.
Entre los objetos que pude tener en mis manos había uniformes —tanto de soldados como de los guerrilleros—, zapatos, armas hechizas, casquillos, radios, cargadores de munición de fusil Galil. Tomar uno de esos cargadores fue un gesto simple, casi automático. Pero la sensación fue inmediata. Dura.
Pensar que esas balas pudieron haber sido disparadas contra población civil no combatiente no es una afirmación que pueda comprobar en ese instante. Pero tampoco es necesario. El peso simbólico del objeto es suficiente.
El ambiente se vuelve denso, frío.
Luego están los documentos.
Cajas y más cajas, organizadas con un rigor impresionante. Un archivo construido con paciencia, casi con urgencia. Felipe me explica que han resguardado copias de periódicos de la época, registros, testimonios. Me habla de la ocupación militar de la iglesia, del daño sufrido, de los años en que el miedo se instaló en la vida cotidiana.
Los nombres empiezan a aparecer.
Chel, Ilom, Covadonga...
Masacres.
Desplazamientos.
La formación de las PAC.
No son solo lugares o procesos. Son fragmentos de una historia.
En las paredes, en los documentos, en las listas, aparecen nombres propios: Diego Xinic, José Itzep, Tomás Ramírez, Antonio Cabá, Domingo del Barrio. También el del padre José María Gran, párroco de Chajul en 1980.
Y uno más detiene mi mirada.
Kax Vi. (Gaspar Vi)
Su nombre está vinculado a uno de los hechos más duros de la historia del país: la Quema de la Embajada de España en Guatemala en 1980.
El archivo no solo guarda documentos.
Felipe, por primera vez, se muestra inquieto. Me habla de su preocupación. Han construido este archivo con un propósito claro: preservar la memoria. Pero teme que algún día se intente silenciar.
Teme que se prohíba hablar.
Teme que se borren las historias.
Teme que las nuevas generaciones no sepan lo que ocurrió.
Y entonces todo cobra sentido.
Este lugar no es solo un archivo.
Es un acto de resistencia.
Llegué a Chajul como lo que creía ser: un estudiante de antropología en busca de historias que contar, de respuestas, de enseñanzas que pudiera ordenar, interpretar y, eventualmente, explicar.
Me voy con algo distinto, no tengo palabras suficientes.
Porque hay aprendizajes que no caben en categorías, ni en teorías, ni en discursos bien estructurados. Hay cosas que no se comprenden del todo; se sienten, se cargan, se quedan.
Aquí, la historia no está organizada en capítulos. Se filtra en los muros, en los símbolos, en la arquitectura, en los murales, en los cementerios, en los nombres que aún resisten al olvido. Todo convive: lo antiguo y lo reciente, lo visible y lo que apenas se deja intuir.
Felipe se despide con amable un -Mat’o.-
La palabra no suena a final, sino a continuidad. Sé que nos volveremos a encontrar.
Pienso en las casas que guardan símbolos de otros siglos, en las vigas que se transforman en serpientes, en los murales donde dos mundos aún dialogan. Pienso en los pequeños nichos sin nombre, en los altares donde se sostienen universos completos, en los objetos que pesan sin moverse y en los nombres que insisten en no desaparecer. El sentimiento me llama a volver.
Y entonces comprendo algo, o al menos creo comprenderlo:
No vine solo a aprender.
Vine a desaprender.
Un espacio donde el tiempo no ha pasado, sino que se ha acumulado, esperando a quien tenga la disposición de mirar más allá de lo evidente. Y quizá ese sea el verdadero reto: no intentar explicarlo todo, sino aceptar que hay realidades que nos sobrepasan.
¿Cuántas otras historias siguen frente a nosotros, esperando ser comprendidas, mientras creemos que ya sabemos lo suficiente?






















































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