Las huellas de Tahitzá
- Kevin Escobar Villeda
- 19 nov 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 29 dic 2025
Historias que no he contado
¿Cómo nace la idea de escribir y publicar un libro? ¿Qué pasa por la mente de un autor al querer transmitir una idea? Todo libro guarda una historia, no solo en sus páginas, sino en el proceso que lo vio nacer.
No quiero responder esas preguntas ahora mismo. Prefiero hablar de forma más libre sobre los caminos que me llevaron hasta aquí, en la víspera de su tercera presentación.
La primera vez que el libro vio la luz fue el 13 de marzo de 2025, una fecha simbólica: se cumplían 500 años de la llegada de Hernán Cortés al Petén Itzá. Pero regresaremos a eso más adelante.
Era febrero. El sol brillaba con la fuerza acostumbrada del trópico, y el calor en la Isla de Flores parecía derretir los pensamientos. Para quien no está acostumbrado, puede ser sofocante; para mí, era parte del paisaje vital del Petén.
Podría contar muchas partes de esta historia, pero hoy quiero centrarme en una en particular.
Un martes —quizá miércoles— decidí cruzar el lago hacia Tayasal. Contacté a Rodrigo, un lanchero que aceptó llevarme hasta el Mirador del Rey Canek, una estructura de madera situada sobre un gran basamento piramidal del preclásico, oculto entre la maraña de la selva. Desde allí, la vista hacia el Lago Petén Itzá y la Isla de Flores es simplemente exquisita.
Al terminar el recorrido, me sentí tentado a explorar un poco más la península. Creí —con cierta soberbia— que era una pequeña porción de tierra y que no me costaría recorrerla. Error. Tayasal es vasta, espesa, y en aquel entonces no contaba con señalización ni senderos claros.
Después de un par de horas de caminar perdido en círculos, acompañado por el sonido de los saraguatos y la ocasional aparición de alguna serpiente, logré orientarme hacia el poblado de San Miguel.
Me senté a descansar, bajo la sombra de los árboles, y tomé el teléfono para buscar algo sobre el lugar. Quería saber por qué aquel mirador llevaba el nombre de “Rey Canek”.
Los únicos resultados que aparecían hablaban de Jacinto Canek, el líder maya de la resistencia en Yucatán. Sin embargo, él poco tenía que ver con este sitio en particular.
Ahí surgió una pregunta que se quedó rondando mi mente: ¿Quién era realmente el Rey Canek?
La investigación, como todo buen viaje, me llevó por caminos inesperados hasta encontrarme con Hernán Cortés, aquel personaje que describió de primera mano en sus cartas el encuentro con un “Canec”, según sus propias palabras. Cortés lo menciona de forma breve, casi como una nota marginal, pero serían otras fuentes las que alimentarían el acervo necesario para comprender mejor quiénes fueron realmente estos señores del Itzá.
Desde ese momento, el planteamiento se volvió inevitable: ¿Cómo es posible que, en la historia que se enseña en Guatemala, se hable con tanto detalle de la llegada de Pedro de Alvarado a las tierras altas, y no del paso de Hernán Cortés por el Petén?
Quizá esa sea —si no la pregunta esencial— el acto de nacimiento de este libro, su primer latido.
El propósito estaba trazado: rescatar del olvido historiográfico este y otros acontecimientos que permanecen ocultos en las sombras de nuestra historia. Darle voz al silencio del norte guatemalteco.
Hay momentos en que pienso que esa historia siempre estuvo ahí, esperando pacientemente a que alguien con la curiosidad suficiente se interesara en descubrirla.
Guardada en el sonoro natural de la selva, en el silencio apacible de las suaves olas del lago al atardecer, entre el lejano eco de una vieja música reggae de los 90’s que se escapa desde algún bar de la isla.
Desde ese instante supe que el camino por recorrer sería largo. Irían surgiendo más preguntas, y con ellas la insaciable necesidad de responderlas, de unir las piezas dispersas de un rompecabezas para acercarme, aunque fuera un poco, a la verdad de los acontecimientos.
Finalmente, no sabía, en aquel principio de todo, que estaba zarpando hacia una gran expedición sin un destino final claro. Tal vez, ingenuamente, comparable con aquella que el propio Cortés emprendió en 1524, cuando salió de Tenochtitlan sin saber lo que enfrentaría en la selva petenera ni lo que hallaría, para marzo de 1525, en su travesía por lo desconocido. Con cada paso, la necesidad de descubrir algo nuevo —y, sobre todo, de poder compartirlo— se volvió más profunda.
Quizá sea el orden natural de las cosas, o tal vez la gratitud de la propia historia por haberla valorado, el poder presentar el libro en la casa donde el propio Bernal Díaz del Castillo —uno de los hombres que acompañó a Cortés en aquella expedición— habitó durante su estancia en Santiago de Guatemala, hoy Antigua Guatemala.
Aún quedan historias por contar. Irán saliendo, una a una.
Tal vez el verdadero hallazgo no está en las piedras ni en las ruinas, sino en lo que ellas despiertan en nosotros.
¿Seremos capaces de mirar el pasado con la dignidad que merece y aprender de él para construir un futuro distinto?

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